
¿De dónde viene esa costumbre tan propia del rugby de terminar un partido y quedarse compartiendo con las mismas personas con las que acabamos de jugar durante ochenta minutos?
No hay una fecha exacta ni una persona a la que se le pueda atribuir la creación del tercer tiempo. Tampoco parece que alguien se haya sentado un día a inventarlo. Más bien fue una costumbre que se fue formando junto con el propio rugby.
Las primeras reglas escritas del deporte aparecieron en Rugby School en 1845. En 1871 se fundó la Rugby Football Union en Inglaterra y, ese mismo año, Escocia e Inglaterra jugaron el primer partido internacional. Desde esas primeras décadas aparecen registros de cenas y reuniones después de los partidos, primero
alrededor de encuentros internacionales y luego como parte de la vida de los clubes.
El rugby estaba creciendo como deporte, pero los clubes también se estaban convirtiendo en espacios para compartir. No todo pasaba dentro de la cancha: después de jugar se comía, se tomaba algo, se hablaba del partido y se seguía compartiendo, tanto con los compañeros como con los rivales. Con los años, esa costumbre terminó convirtiéndose en una tradición.
Yo, por supuesto, no sabía nada de esa historia cuando viví mi primer tercer tiempo.
Fue en 2007, cuando empecé a jugar con Carneros. Si mal no recuerdo, la mayoría de los jugadores de ese equipo éramos nuevos en el rugby. Estábamos aprendiendo prácticamente todo al mismo tiempo: las reglas, las posiciones, cómo tacklear, cómo formar un scrum y también esas costumbres que uno empieza a descubrir cuando entra a este deporte.
Antes de nuestro primer partido, Alex Ruda, nuestro entrenador, nos pidió que cada uno llevara dos cervezas Murphy’s.
No sabíamos para qué.
Jugamos el partido y, cuando terminó, Alex nos reunió. Nos explicó que teníamos que buscar al jugador que había jugado frente a nosotros y ofrecerle una de las dos cervezas.
Una era para él. La otra era para uno.
En rugby las posiciones y los números están bastante definidos, especialmente entre los titulares, así que normalmente sabes quién es el jugador que has tenido enfrente durante buena parte del partido.
Ese fue mi primer tercer tiempo.
No recuerdo el resultado de aquel partido, pero sí recuerdo las dos Murphy’s. Y creo que ahí empecé a entender, aunque todavía no conociera toda la historia detrás de la tradición, que el rugby no terminaba simplemente cuando el árbitro pitaba.
Poco después comenzó el torneo y el tercer tiempo dejó de ser solamente ese momento de compartir una cerveza con el rival que habías tenido enfrente.
En ese momento jugábamos en el Maracaná, por La Conejera, en Bogotá. Había un galpón azul donde se hacía el tercer tiempo y, como todos los partidos de la jornada se jugaban en el mismo lugar, ahí terminábamos reuniéndonos jugadores de todos los clubes.
Y digo «en ese momento» por el lugar, no por la forma de organizar el torneo. En Colombia todavía es común que todos los partidos de una jornada se jueguen en una misma sede, aunque hoy se haga en escenarios diferentes.
Eso le da al tercer tiempo acá una dinámica bastante particular. No compartes únicamente con el equipo contra el que acabas de jugar, también terminas encontrándote con jugadores de otros clubes que jugaron antes, que van a jugar después o que simplemente están ahí acompañando la jornada. Y, al mismo tiempo, tienes un espacio diferente para compartir con tus propios compañeros.
En aquel galpón azul uno comía, se tomaba una cerveza y hablaba del partido. Al principio reconocías a los otros por la camiseta, después empezabas a aprenderte los nombres y, más adelante, ya sabías quién jugaba en qué posición, quién llevaba años en determinado club y quién acababa de llegar.
Después volvías a jugar contra ellos.
Con el tiempo, «los del otro equipo» dejaban de ser solamente los del otro equipo. Muchos terminaban convirtiéndose en amigos.
Pero el tercer tiempo también servía para conocer mejor a quienes jugaban a tu lado. Entrenar con alguien no significa necesariamente conocerlo. Puedes pasar meses viéndolo dos o tres veces por semana, saber cómo juega, en qué posición está, cómo tacklea o qué hace dentro de la cancha y, aun así, saber muy poco de él.
Después del partido aparecían otras conversaciones. Conocías mejor al nuevo, al que llevaba años jugando o al compañero con el que entrenabas todas las semanas, pero con quien hasta ese momento apenas habías cruzado unas palabras.
Años después conocí otra manera de vivir el tercer tiempo.
En agosto de 2014 me fui a vivir ocho meses a Chicago y jugué con Chicago Westside Condors. Allá la dinámica era distinta: los clubes jugaban de local en su propia cancha y después recibían al equipo visitante en su clubhouse o en el bar que los patrocinaba.
Había comida, cerveza, canciones, brindis y conversaciones que podían durar toda la noche.
Era completamente diferente al galpón azul del Maracaná y, al mismo tiempo, era exactamente la misma tradición.
En Bogotá todos los clubes coincidíamos en un mismo lugar porque la jornada se jugaba en una sola sede. En Chicago, el club local recibía específicamente al visitante después del partido.
Cambiaba la forma. No cambiaba la idea.
Por eso creo que a veces nos equivocamos cuando reducimos el tercer tiempo simplemente a tomar cerveza. Claro que la cerveza ha estado muy presente en mi experiencia. Sería absurdo negarlo cuando mi primer tercer tiempo empezó precisamente con dos Murphy’s y muchos de los que viví después también tuvieron cerveza de por medio.
Pero el tercer tiempo no es la cerveza. Es el momento.
Es sentarse después del partido con las personas con las que acabas de compartir la cancha, hablar de alguna jugada, reírse de algo que pasó, comer, tomar algo y conocer al que estuvo enfrente, pero también conocer mejor al que estuvo jugando a tu lado.
Durante ochenta minutos estás concentrado en competir. Con el rival estás tratando de ganar y, con tus compañeros, de resolver juntos lo que ocurre dentro de la cancha. El tercer tiempo cambia esa dinámica: con el rival desaparece la confrontación y, con el compañero, por un rato desaparecen el entrenamiento y la competencia.
Entonces aparecen otras conversaciones.
Puedes terminar hablando con el jugador al que acabas de enfrentar sobre una jugada que ocurrió minutos antes y, un rato después, descubrir algo de un compañero con el que llevas meses entrenando y que nunca habías tenido oportunidad de conocer.
Creo que ahí está una parte importante de esa hermandad de la que tanto se habla en rugby. Después de varios años uno termina con amigos en casi todos lados, dentro y fuera de su propio club.
Yo jugué en Carneros entre 2007 y 2014 y nuevamente entre 2015 y 2019. Entre esos dos periodos estuve con Chicago Westside Condors y desde 2020 estoy en Mokaná, en Barranquilla. En todos esos años he conocido formas distintas de jugar, organizar torneos y hacer terceros tiempos, pero el fondo siempre ha sido parecido.
Puede ser una cena, un asado, unas pizzas, un galpón azul o un bar en Chicago. Puede haber cerveza o puede no haberla. Puede durar una hora o terminar mucho más tarde de lo planeado.
Lo que permanece es la idea de compartir después de jugar.
Quizá por eso, cuando pienso en mi primer partido de rugby casi veinte años después, no recuerdo el marcador.
Recuerdo las dos Murphy’s, a Alex reuniéndonos y a cada uno buscando al jugador que había tenido enfrente durante el partido. Recuerdo que después nos quedamos compartiendo y que, sin saberlo, estaba conociendo una tradición que me acompañaría durante todos los años que vinieron después.
Desde aquel primer tercer tiempo en Bogotá hasta los que viví años más tarde en Chicago y los que sigo viviendo hoy, muchas cosas han cambiado. Cambiaron los clubes, las ciudades, las personas, los lugares y hasta la manera de organizar esos encuentros después de los partidos. Pero la idea sigue siendo la misma.
El tercer tiempo permite que el jugador que durante ochenta minutos fue tu rival deje de ser solamente una camiseta diferente. También permite que el compañero con el que entrenas todas las semanas deje de ser solamente alguien con quien compartes una cancha. Ahí aparecen conversaciones, amistades y relaciones que difícilmente se construirían de la misma manera si todo terminara con el pitazo final.
Por eso el tercer tiempo no es simplemente algo que hacemos después de jugar. Es parte de la manera en que el rugby ha aprendido a relacionar a quienes lo juegan.
Quizá por eso esta tradición ha sobrevivido durante tantos años y ha adoptado tantas formas sin desaparecer. Puede ser alrededor de una cena, un asado, unas pizzas, una cerveza, en un galpón azul o en un bar en Chicago. El lugar y la forma pueden cambiar.
Lo importante es que, cuando termina el partido, el rugby todavía no ha terminado.
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