La historia comenzó el 3 de enero. No con una gran ovación, ni bajo los reflectores, sino con un par de tenis nuevos, algo de incertidumbre y un objetivo claro: correr. En ese momento me preparaba para la media maratón de Barranquilla. Todo iba bien, hasta que la vida, como suele hacerlo, me cambió la jugada. El matrimonio de Pablito —una celebración que no podía perderme— me obligó a posponer mi debut como corredor.

Pero hoy, 8 de junio, la espera terminó. Frente a mí, la línea de salida de Corre Mi Tierra Barranquilla. Diez kilómetros por delante. Una ciudad despierta. Un cuerpo listo. Y una mente decidida.
Los primeros siete kilómetros fueron amables. El sol acariciaba el asfalto y mi respiración seguía el ritmo firme de mis pasos. Cada kilómetro lo dejaba atrás con un promedio de 6 minutos y 23 segundos. Estaba en control. Todo funcionaba.
Hasta que los gemelos, esos músculos tercos que parecen tener vida propia, decidieron rendirse. En el kilómetro ocho, el dolor se volvió protagonista. En el nueve, cada zancada era un pacto con el sufrimiento. El ritmo cayó a 7:54. Pero mi determinación, no.
Y entonces vino el último kilómetro. Uno que no se corre con las piernas, sino con el corazón. Cerré los ojos un segundo, y me transporté a la cancha. Pensé en Carneros, mi club de rugby. En los entrenamientos bajo la lluvia. En los partidos que se ganan con el último tackle. Me repetía: “Última jugada, último tackle”. Sabía que si podía terminar este kilómetro, podía con todo.

El dolor seguía, pero la mente ya estaba en otro lado. Crucé la meta 1:07:50, los 10k completos. No fue el tiempo que quería. Pero no pude pedir mejor final.
Hoy no solo corrí una carrera. Hoy confirmé que el cuerpo se entrena, pero la mente… la mente se forja.
Gracias infinitas a quienes hicieron parte de este proceso:
A mis padres, que siempre han estado ahí, en cada comienzo, meta, vuelta de la vida. Sin su apoyo, nada de esto sería posible.
A mi prima Maria Camila, por empujarme a intentarlo desde el principio.
A Jonathan Rios, por enseñarme que cada paso cuenta, incluso los que parecen lentos.
A Just Run Alameda, donde comenzó esto, por recibirme, acompañarme y exigirme.

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