
Mi relación con el rugby ha cambiado muchas veces a lo largo de los años. Comencé como jugador en 2007, más adelante asumí responsabilidades como entrenador y administrador de Carneros y, desde 2020, formo parte de Mokaná. Aquí llegué primero como entrenador, después pasé a ser jugador y, tras un tiempo alejado, regresé este año para dirigir nuevamente el equipo masculino.
Cada una de esas etapas me ha permitido entender un club desde perspectivas diferentes. Y, aunque este artículo nace de lo que hoy vivo en Mokaná, muchas de las reflexiones que comparto no comenzaron aquí. Son situaciones que también viví en Carneros y que, con el paso de los años, he vuelto a encontrar en otro club, con otras personas y en otra ciudad.
Como entrenador, pienso en organizar sesiones, corregir errores y preparar al equipo para competir. Como jugador, la mirada cambia: se empieza a entender lo que ocurre dentro del grupo, la manera en que se reciben las decisiones, las conversaciones que aparecen cuando el entrenador no está cerca y esos pequeños comportamientos que rara vez se reflejan en un resultado, pero que terminan definiendo al equipo.
Ahora, al volver a estar al frente, hay una pregunta que me acompaña con frecuencia: ¿qué clase de club estamos construyendo con nuestra manera de comportarnos?
No me refiero únicamente al equipo que queremos ver en la cancha. Todos queremos un Mokaná competitivo, disciplinado, organizado y capaz de ganar partidos. Eso es natural. El problema es que muchas veces pensamos que construir un buen equipo consiste únicamente en entrenar más, mejorar el tackle, ordenar la defensa, perfeccionar el scrum o entender mejor el sistema de juego.
Mientras leía el primer capítulo de Legado, 15 lecciones sobre liderazgo, entendí que esa visión era incompleta.
El capítulo, titulado Personalidad, plantea una idea sencilla: el rendimiento de un equipo no nace en el tackle, el scrum o el sistema de juego. Nace mucho antes, en la personalidad de quienes lo integran y en los comportamientos cotidianos que terminan definiendo la cultura del grupo.
Para explicarlo, el libro utiliza un ejemplo muy conocido de los All Blacks: después de los partidos, incluso sus jugadores más importantes participan en la limpieza del vestuario. No porque sea necesario, sino porque nadie dentro del equipo debe sentirse demasiado importante para realizar las tareas más simples.
La lección no está en limpiar un vestuario, sino en lo que ese gesto comunica sobre la identidad del equipo.
En Mokaná no necesitamos copiar ese ritual. Nuestro equivalente aparece en muchas situaciones: quien llega antes del entrenamiento y ayuda a preparar el espacio, quien recoge el material sin que se lo pidan o quien avisa cuando no puede asistir porque entiende que su ausencia afecta al grupo.
Pero también aparece en la distancia que existe entre lo que decimos y lo que hacemos.
A veces, quienes primero escriben en el grupo de WhatsApp sobre compromiso, motivación y ganas de entrenar duro son los mismos que después no aparecen. El mensaje queda allí, entre respuestas y reacciones, pero nunca llega a convertirse en acciones.
Decir que estamos comprometidos es fácil. Lo difícil es demostrarlo cuando llega la hora de salir de casa, cuando estamos cansados, cuando llueve o cuando todavía falta mucho para el siguiente partido.
El compromiso no se demuestra en el grupo de WhatsApp. Se demuestra llegando a entrenar.
Algo parecido ocurre con la puntualidad. Siempre parece existir una explicación: el tráfico, el trabajo, el transporte, una reunión que se extendió o una diligencia inesperada. Muchas de esas razones son válidas.
El problema aparece cuando dejan de ser excepciones y se convierten en costumbre. Llegar tarde ya no afecta únicamente a quien se retrasa; modifica la planificación, obliga a repetir ejercicios y transmite al resto del grupo que el horario es flexible. Poco a poco, ese comportamiento también termina formando parte de la personalidad del equipo.
Hay otra situación que me hace pensar mucho. Durante el torneo, algunos jugadores asistieron a casi todos los entrenamientos. Había partidos, convocatorias y un objetivo visible cada fin de semana. Terminó la competencia, comenzó la pretemporada y varios de ellos dejaron de asistir.
Tal vez, sin darse cuenta, estaban comprometidos con jugar el torneo, pero no necesariamente con construir el equipo.
La pretemporada rara vez ofrece recompensas inmediatas. No hay una convocatoria cercana ni un partido que ganar. Solo está el trabajo que permitirá competir mejor dentro de unos meses.
La pretemporada no es una pausa entre torneos. Es el lugar donde comienza a construirse el siguiente equipo.
La personalidad de un club no se define por lo que dice, sino por aquello que sus integrantes hacen de manera repetida. Al final, un club no existe por encima de quienes lo conforman; es el resultado de sus decisiones, de su constancia y de la manera en que se relacionan entre ellos.
Por eso esta reflexión no debe dirigirse únicamente a los jugadores. También me incluye como entrenador.
No puedo exigir puntualidad si no soy puntual. No puedo pedir responsabilidad si no preparo adecuadamente los entrenamientos. No puedo hablar de respeto si corrijo de una manera que humilla. Tampoco puedo pedir compromiso si mis propias decisiones contradicen aquello que intento enseñar.
El liderazgo no consiste en establecer estándares para que otros los cumplan. Consiste en ser una de las primeras personas obligadas a representarlos.
A veces esperamos que la cultura del club cambie cuando llegue un nuevo entrenador, aparezca una mejor generación de jugadores o la directiva tome determinadas decisiones. Pero la cultura empieza a cambiar cuando alguien decide comportarse de una manera diferente.
No hace falta ser capitán, entrenador o fundador. Puede ser un jugador que recoge el material sin que nadie se lo ordene, alguien que llega a tiempo aunque otros no lo hagan, una persona que entrena durante la pretemporada sin necesitar la presión de quedar entre los quince, un integrante que deja de prometer en WhatsApp y comienza a demostrar en el entrenamiento o alguien que, en lugar de señalar un problema, decide ayudar a resolverlo.
Ese tipo de acciones rara vez recibe reconocimiento. Sin embargo, son las que permiten que un club permanezca y crezca.
Todos los que pertenecemos a Mokaná deberíamos preguntarnos qué significa realmente vestir esta camiseta. No solamente qué sentimos al usarla, sino qué responsabilidad asumimos cuando la llevamos.
La pregunta, entonces, no debería ser únicamente qué puede ofrecerme Mokaná.
También deberíamos preguntarnos:
¿Qué le estoy aportando realmente al club?
¿Mi presencia ayuda a elevar el estándar o simplemente ocupa un espacio? ¿Lo que digo coincide con lo que hago? ¿Estoy comprometido con el club o solamente con jugar el próximo torneo? ¿Estoy contribuyendo a integrar, enseñar y acompañar, o espero que otros se encarguen?
La personalidad de Mokaná no depende de un discurso ni de una publicación. Depende de las pequeñas decisiones que tomamos cada semana.
Por eso, más que preguntarnos qué clase de club queremos tener, quizá deberíamos hacernos una pregunta más personal:
¿Qué clase de club estamos ayudando a construir con nuestra manera de actuar?
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Este es el primero de una serie de quince artículos inspirados en Legado, 15 lecciones sobre liderazgo, de James Kerr. En cada entrega abordaré uno de sus capítulos, no para resumirlo, sino para llevar sus ideas a la realidad de un club de rugby, cuestionar la manera en que construimos equipo y pensar qué podemos hacer, desde nuestro lugar, para dejar un club mejor del que recibimos.
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