
Este es el segundo de la serie de 15 artículos inspirados en Legado, 15 lecciones sobre liderazgo, de James Kerr. En el primero escribí sobre Personalidad y sobre cómo los comportamientos que repetimos terminan definiendo la cultura de un club. Ahora, el segundo capítulo, Adaptación, me lleva a mirar esa misma cultura desde otra perspectiva: qué pasa cuando algunas de las formas en que estamos acostumbrados a hacer las cosas necesitan cambiar.
Hay una escena que se ha repetido varias veces desde que terminó el torneo. Llego a la cancha, miro cuántos jugadores llegaron y repaso mentalmente los ejercicios que tenía preparados para ese entrenamiento. Dependiendo del número, comienzo a hacer modificaciones: reduzco espacios, reorganizo grupos, elimino algunas situaciones y adapto otras para poder
trabajar con quienes están presentes.
Durante la competencia era diferente. Algunos entrenamientos reunían un buen número de jugadores porque había un partido cerca, una alineación por definir y un partido por ganar. Ahora estamos en pretemporada y varias de esas personas no han vuelto a aparecer.
La primera explicación es bastante sencilla: falta de compromiso.
Y puede que, en algunos casos, sea exactamente eso. Pero mientras veo cómo disminuye el número de jugadores, también empiezo a hacerme una pregunta más incómoda: ¿y si el problema no está únicamente en quienes dejaron de venir, sino también en la cultura que ya tenemos?
Si un equipo solo se activa cuando comienza un torneo, quizá hemos terminado relacionando el entrenamiento exclusivamente con la competencia. Y si cada temporada tenemos que volver a reunir jugadores, recuperar hábitos y reconstruir parte de lo que ya habíamos avanzado, tal vez no estamos frente a situaciones aisladas, sino frente a una forma de funcionar.
Adaptación plantea una idea que parece obvia hasta que uno intenta aplicarla: no hay que esperar a que todo esté mal para comenzar a cambiar.
Muchas veces cambiamos cuando el problema ya es imposible de ignorar: cuando no logramos reunir suficientes jugadores, cuando se retiran algunos referentes o cuando las mismas personas terminan agotadas de sostener el club. Adaptarse implica algo diferente, reconocer las señales cuando todavía tenemos tiempo para actuar.
Eso no significa renunciar a nuestra identidad. Mokaná tiene una historia, unos colores y una forma particular de entender el rugby que no tienen por qué desaparecer. Adaptarnos significa revisar si la manera en que estamos haciendo las cosas todavía nos permite construir el club que queremos.
Y esa pregunta también nos corresponde a los jugadores.
La experiencia puede convertirse en una ventaja, pero también en una zona de comodidad. Un jugador puede llevar años en la misma posición, conocer determinadas jugadas y sentirse seguro dentro de una función específica. El problema aparece cuando aquello que sabemos empieza a impedirnos aprender algo diferente.
Porque el rugby cambia, los equipos cambian y lo que el grupo necesita de nosotros también cambia.
Tal vez tengamos que aprender otra posición, tomar decisiones que antes esperábamos del entrenador, asumir responsabilidades con quienes están empezando o entender mejor el juego en lugar de limitarnos a repetir movimientos.
Adaptarse no significa renunciar a lo que uno sabe. Significa evitar que lo que uno sabe se convierta en un límite.
Dentro de la cancha esto resulta evidente. Ningún partido ocurre exactamente como fue planeado. Podemos preparar una estructura ofensiva y encontrarnos con una defensa diferente, confiar en nuestro scrum y descubrir que ese día no funciona o perder a un jugador por una lesión o una tarjeta.
Cuando eso ocurre, no podemos quedarnos esperando una respuesta desde afuera. Necesitamos jugadores capaces de observar, comunicarse y tomar decisiones sin perder de vista lo que el equipo intenta hacer.
Por eso quiero jugadores que no solamente sepan qué hacer, sino que entiendan por qué lo hacen.
Eso también exige aceptar correcciones. Llevar años jugando no significa que ya no tengamos nada que aprender, de la misma manera que una observación técnica no debería convertirse automáticamente en un ataque personal. Escuchar, probar algo diferente y reconocer que una costumbre puede estar limitándonos también son formas de adaptación.
Pero quizá uno de los lugares donde más claramente se ve nuestra capacidad para adaptarnos sea fuera de la competencia.
Durante un torneo existen razones visibles para entrenar: hay un partido por ganar y una alineación por definir. La pretemporada no ofrece esa recompensa inmediata. Solo está el trabajo que permitirá competir mejor dentro de unos meses.
Por eso importa quién sigue estando.
No porque todos tengamos la misma disponibilidad. Hay trabajo, estudio, familia y responsabilidades fuera del rugby. Se puede faltar a un entrenamiento y seguir siendo responsable. El problema aparece cuando desaparecemos completamente del proceso y regresamos únicamente cuando vuelve a existir la posibilidad de jugar.
Quien regresa cuando se acerca el torneo puede encontrarse con un equipo diferente al que dejó, porque mientras estuvo ausente otras personas siguieron entrenando, aprendiendo y construyendo.
Y quizá ahí aparece una pregunta más importante que la de si voy a jugar el próximo partido:
¿Qué necesita el equipo de mí en este momento?
A veces será mejorar físicamente o aprender otra posición. Otras veces será escuchar, hablar más dentro de la cancha, acompañar a alguien que está empezando o participar en la solución de un problema.
No siempre vamos a aportar de la manera que imaginamos.
Pero sería muy fácil escribir todo esto y dejar la responsabilidad únicamente del lado de los jugadores.
Como entrenador, también tengo que adaptarme.
Si cada semana cambia el número de personas que llegan, modificar los ejercicios sobre la marcha resuelve el entrenamiento de ese día, pero no responde por qué está ocurriendo. También tengo que preguntarme si estamos comunicando bien hacia dónde queremos llevar el proceso y si lo que hacemos en cada sesión tiene sentido para quienes participan.
Tampoco puedo pedir jugadores capaces de pensar si intento controlar todas sus decisiones, ni esperar liderazgo si nunca entrego responsabilidades. Y si quiero que aprendan, también tengo que aceptar que no todos lo hacen de la misma manera.
Adaptarme como entrenador significa tener una dirección clara sin asumir que existe una única forma de llegar a ella.
El club también tiene que hacerse preguntas.
Mokaná no puede depender permanentemente de dos o tres personas para organizar, comunicar, recibir a los nuevos, manejar los materiales y resolver cada dificultad. Puede funcionar así durante un tiempo, pero nos hace frágiles.
¿Qué pasa cuando una de esas personas se cansa, se retira o simplemente deja de tener tiempo?
Un club que quiere crecer necesita que más personas aprendan a asumir responsabilidades. No se trata de llenar el equipo de cargos. Puede ser algo tan sencillo como recibir a quien llega por primera vez, encargarse del material, enseñar una destreza o involucrarse en la solución de un problema.
Lo mismo ocurre con quienes llegan nuevos.
Muchas personas conocen hoy a Mokaná por una publicación en redes sociales. Escriben sin conocer a nadie y llegan solas a practicar un deporte que quizá nunca han visto de cerca. Si no entienden qué está pasando, nadie las recibe o sienten que el grupo ya está cerrado, podemos concluir que no tenían suficiente interés.
O podemos preguntarnos si nuestra manera de recibirlas necesita cambiar.
Esa segunda pregunta me parece mucho más útil.
No significa reducir la exigencia ni justificar cada ausencia. Un proceso serio necesita puntualidad, constancia, respeto y responsabilidad. Adaptarse no es bajar el estándar, sino encontrar mejores maneras de alcanzarlo y sostenerlo.
Quizá por eso la pretemporada sea un buen momento para mirar más allá de los resultados del último torneo.
Podemos haber presentado una alineación cada fin de semana y seguir dependiendo de muy pocos jugadores. Podemos haber ganado partidos sin consolidar una forma de jugar o haber tenido buenos números en los entrenamientos únicamente porque todos querían ganarse un lugar.
El resultado dice cómo competimos.
No siempre dice qué tan sólido es el proceso que existe detrás.
Ahora tenemos la oportunidad de mirar otras cosas: quiénes siguen entrenando, quiénes están mejorando, quiénes pueden asumir nuevas responsabilidades, qué jugadores nuevos permanecen y qué ocurriría si las personas que hoy sostienen buena parte del proceso dejaran de hacerlo.
Ahí también está la adaptación.
No necesariamente en cambiar todo, sino en identificar aquello que ya nos está mostrando que necesita ser diferente.
Puede empezar con un jugador que vuelve a entrenar antes de que haya un torneo, con alguien que acepta aprender otra posición, con un referente que comienza a asumir responsabilidades o con un entrenador dispuesto a reconocer que su manera habitual de hacer algo ya no está funcionando.
No sé cuál será la siguiente versión de Mokaná. Tendrá que surgir de lo que aprendamos, de las conversaciones que estemos dispuestos a tener y de las responsabilidades que cada uno decida asumir.
Lo que sí tengo claro es que repetir lo mismo no garantiza conservar lo que hemos construido. A veces, la mejor manera de cuidar una historia es permitir que evolucione.
Porque todos los clubes cambian, incluso cuando deciden no hacer nada. Cambian las personas, cambian las necesidades y cambia el contexto.
La pregunta no es si Mokaná va a cambiar.
La pregunta es:
¿Vamos a participar en ese cambio o esperaremos a que las circunstancias cambien el club por nosotros?
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