Cuando pensamos en un club o un equipo deportivo, solemos asociarlo con competencia, trofeos y alto rendimiento. Sin embargo, la realidad es mucho más amplia: no todas las personas que llegan buscan convertirse en atletas de élite. Muchos simplemente quieren ser parte de algo, y ahí radica la importancia de comprender las motivaciones humanas.
Yo comencé a jugar en Carneros en el 2007 y, casi 12 años después, entendí que cada uno tiene su propio camino. Cuando empecé, mi prioridad era entrenar martes y jueves para jugar los sábados. En ese entonces solía mirar mal a quienes no compartían mi mismo nivel de compromiso: los tildaba de “pecho frío”, pensaba que no les importaba el club y me frustraba porque yo sacrificaba tanto por mi división y ellos no. Los juzgaba, y sé que no era el único en ese momento.

En 2015 comencé a ser entrenador y me dediqué a trabajar con los jugadores nuevos. Todavía en ese momento era intransigente con ellos: les exigía como si su única prioridad debiera ser el club, tal como lo fue para mí a mis 19 años. Esa rigidez solo generó que algunos se alejaran. En ese entonces lo justificaba con un pensamiento simple: “al que no le interesa, que no esté”.
Después de esa etapa, pasé como entrenador por varias categorías: masculino B, nuevos mixto, juveniles e infantiles, hasta que en 2018 llegué al equipo femenino. Creo que ha sido uno de los mayores retos que he tenido, en especial por la diversidad de prioridades del grupo. Entrené a una jugadora que había sido Tucán (Selección Colombia de Rugby) y que incluso participó en los Olímpicos de Río 2016. Ella tenía una mentalidad de alto rendimiento: si no estaba en el gimnasio, estaba en la cancha. Pero también había jugadoras cuya prioridad era la universidad, otras que buscaban solo mantenerse activas, algunas que querían aprender un deporte nuevo, otras que disfrutaban entrenar sin competir, quienes asistían porque sus parejas estaban en el club, y varias que iban y venían según su momento personal. En fin, una infinidad de motivaciones distintas.
Para esa época, con un poco más de madurez como entrenador y dirigente deportivo, empecé a entender que cada persona tiene sus prioridades (y debo aclarar que descubrirlas no siempre es fácil, porque no todos los jugadores son abiertos con sus motivos). Lo que sí aprendí es que no para todos Carneros o la competencia estaban en su “Top 3”. Esa diversidad me permitió comprender que las personas atraviesan distintas etapas y establecen prioridades diferentes a lo largo de su vida, y que eso es completamente respetable. Cada persona es un mundo aparte, y aprender a reconocer, respetar y trabajar con esas motivaciones es lo que realmente permite sacar adelante un club.

Actualmente soy profesor en la Universidad del Norte, en Barranquilla, donde dicto tres horas semanales de la electiva de rugby para principiantes. Hace poco tuve la oportunidad de conversar con una psicóloga organizacional y le comentaba que, para muchos de mis estudiantes, la clase no era una prioridad. Me encontraba de nuevo con la misma situación de años atrás: no todos compartían el mismo nivel de compromiso.
La diferencia es que, esta vez, ya sabía manejarlo mejor. En lugar de frustrarme, trataba de generar mayor motivación en mis estudiantes para que asistieran a todas las clases y se involucraran más con la actividad. Fue entonces cuando ella me recomendó leer sobre las teorías de Maslow y McClelland, que explican la motivación humana desde diferentes enfoques, y que muy probablemente podrían darme herramientas para comprender mejor qué mueve a mis estudiantes y cómo aprovechar esas motivaciones en beneficio del grupo.
Con esa curiosidad en mente, comencé a leer sobre estas teorías y pronto descubrí que no eran solo ideas de manual, sino conceptos que podía ver reflejados en mi propia experiencia en el rugby. Cuando empecé a leer sobre Maslow, descubrí que su famosa pirámide encajaba de manera perfecta con lo que he visto en este deporte. Él plantea que las personas avanzamos en distintos niveles de necesidades: primero las básicas, luego las sociales, más adelante el reconocimiento y, finalmente, la autorrealización. Y si uno observa con atención lo que pasa en un club, se da cuenta de que esa pirámide se vive en los entrenamientos, el día de partido y hasta en el tercer tiempo.

En la base están las necesidades fisiológicas. Muchos llegan por primera vez a la clase porque quieren moverse, sudar, mejorar su condición física o simplemente probar algo nuevo. El rugby, con su intensidad de correr, tacklear, empujar y resistir, les ofrece una manera concreta de cuidar el cuerpo y sentirse vivos.
Después aparece la seguridad. Aquí lo importante es la confianza en el entorno: tener un espacio estable para entrenar, reglas claras, entrenadores atentos y compañeros que respaldan. En un deporte de contacto como el rugby, sentirse protegido es fundamental. Saber que puedes ir de frente contra el rival y que detrás de ti estará todo tu equipo respaldandote y dispuestos a darlo todo genera un vínculo que pocos deportes logran.
Más arriba están las necesidades sociales. En este nivel el equipo cobra todo su sentido: no es solo un lugar de entrenamiento, sino un espacio de pertenencia. El uniforme, las bromas en la práctica, los viajes, el tercer tiempo y hasta las derrotas compartidas crean lazos que van más allá del juego. Para muchos, esa comunidad pesa más que cualquier resultado en la tabla.
Luego llega el reconocimiento. Cada vez que alguien recibe un aplauso por un buen tackle, la confianza de ser designado capitán o la emoción de ganarse la titularidad, su autoestima se fortalece. Todos los que en algún momento escuchamos un “bien hecho” de un compañero sabemos lo que significa sentirse valorado en el campo.
Y, en la cima, está la autorrealización. Para algunos, se trata de alcanzar la selección nacional o ganar un campeonato. Para otros, enseñar a los más jóvenes, vencer un miedo personal o simplemente descubrir que podían llegar más lejos de lo que imaginaban. En el rugby, cada quien tiene su propia cima, y todas son válidas.
Por otro lado, al conocer la teoría de David McClelland, entendí que también describe muy bien la dinámica dentro de un equipo. Él dice que las personas actuamos movidos principalmente por tres necesidades: logro, afiliación y poder.

La necesidad de logro se refleja en esos jugadores que siempre buscan superarse. Son los que se quedan entrenando después de la práctica, los que van al gimnasio para volverse más fuertes o los que hacen atletismo para ser más rápidos y complementar su rendimiento. Para ellos, la verdadera victoria no siempre es el marcador, sino sentir que avanzaron un paso más.
La necesidad de afiliación es quizás la más evidente en Carneros. Quienes se guían por ella disfrutan tanto el entrenamiento como el partido y, sobre todo, el tercer tiempo. Son los que están pendientes del compañero lesionado, los que organizan actividades sociales, los que hacen que el club sea más familia que equipo. Para muchos, el rugby terminó siendo el lugar donde encontraron amigos de toda la vida.
Y está la necesidad de poder, entendida no como dominar, sino como inspirar y liderar. En Carneros se nota en los veteranos que levantan la voz en el círculo antes del partido, en los entrenadores que transmiten valores a los juveniles o en los dirigentes que se empeñan en sacar el proyecto adelante. Es un poder que se vuelve servicio, una manera de guiar a los demás hacia un objetivo común.
Con el tiempo comprendí que lo verdaderamente valioso en el rugby y en cualquier club o equipo no está en que todos compartan las mismas metas, sino en la riqueza que aporta la diversidad de motivaciones. Cada jugador llega con un propósito distinto: unos quieren superarse, otros buscan pertenecer y algunos sienten la necesidad de guiar o inspirar. Y todas esas razones son válidas.
Lo que aprendí en Carneros, y que hoy sigo aplicando como profesor en la Universidad del Norte, es que un equipo no se construye imponiendo un único camino, sino creando un espacio donde cada persona pueda encontrar el suyo. Ahí fue donde entendí que la teoría de Maslow y la de McClelland no son simples conceptos de manual, sino herramientas vivas para comprender cómo piensan y sienten las personas dentro de un equipo. Maslow me ayudó a ver que las necesidades de cada jugador van desde lo más básico hasta lo más profundo, mientras que McClelland me mostró que detrás de cada decisión están esas tres fuerzas: el logro, la afiliación y el poder.
Al final, lo que mantiene vivo al club o al equipo no son solo los títulos ni los resultados en la tabla, sino esa mezcla de necesidades y motivaciones que, cuando se reconocen y se respetan, se convierten en la base de una verdadera comunidad. Y creo que ahí está la enseñanza más importante: un club no se levanta únicamente con campeones, sino con personas que, desde su propia motivación, encuentran en el rugby un lugar donde crecer, aportar y sentirse parte de algo más grande que ellos mismos.
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