Durante toda mi experiencia en el rugby entendí que la parte más importante del deporte son las competencias. Sin ellas, los números se desploman, las finanzas se ven afectadas y los clubes corren el riesgo de desaparecer. Se puede tener rendimiento, desarrollo y capacitaciones, pero si no hay competencia, no habrá jugadores que progresen hacia el alto nivel ni personas interesadas en capacitarse. La mayoría se acerca al deporte porque quiere competir; competir es lo que da sentido a entrenar y aprender.
Llegué a esta conclusión durante mi tiempo como dirigente de Carneros entre 2015 y 2018. En esos años, las competencias organizadas por la Liga de Rugby de Bogotá tenían grandes falencias: partidos que empezaban tarde, fechas aplazadas sin claridad y un calendario en constante cambio. Esto afectaba directamente a Carneros: si no había partidos, los jugadores dejaban de entrenar; si no entrenaban, las mensualidades caían; y con menos ingresos, la sostenibilidad del club se veía comprometida. Por eso en 2018 decidí postularme al comité ejecutivo de la Liga, con un objetivo muy claro: mejorar el torneo.
Con el tiempo comprendí que este no era un reto exclusivo de la Liga: para que el rugby crezca, clubes, ligas y federación deben trabajar en la misma dirección. Casi todos los deportes amateurs organizados funcionan bajo esta estructura piramidal: los clubes como base, las ligas como articuladoras departamentales y la federación como autoridad nacional. Ningún nivel puede crecer por sí solo: cada uno sostiene y necesita al otro.

Nota. Elaboración propia (Amórtegui, 2025).
Los clubes son el punto de partida. Allí nacen y se consolidan jugadores, entrenadores y voluntarios. Su labor trasciende la práctica deportiva: construyen comunidad, generan identidad y sostienen la vida cotidiana del rugby con entrenamientos, torneos y eventos sociales. Sin clubes sólidos, no hay masa crítica para un crecimiento sostenible.
Sobre esa base, las ligas asumen el liderazgo a nivel departamental. Organizan competencias locales, trabajan en el alto rendimiento y seleccionan a los jugadores que representarán a su región. Además, capacitan entrenadores y árbitros, y gestionan recursos junto con los institutos de deportes. Son el puente entre los clubes y la federación.
Finalmente, en la cúspide está la federación, la máxima autoridad nacional. Define planes estratégicos, gestiona recursos estatales y privados, representa al rugby ante el Ministerio del Deporte, el Comité Olímpico y los organismos internacionales. También lidera la masificación, regula la práctica, impulsa capacitaciones y organiza las selecciones nacionales.
Esta pirámide solo funciona cuando cada nivel asume su responsabilidad y coopera con los demás. Ningún escalón puede cargar solo con el crecimiento del rugby.
Ahora bien, esta estructura no puede sostenerse únicamente con la división de funciones. Para que realmente impulse el crecimiento del rugby, necesita apoyarse en cuatro áreas estratégicas: masificación, rendimiento, competencias y capacitaciones.
Ya mencioné antes que considero a las competencias el área más importante, porque sin ellas el resto se debilita. Pero eso no significa que las demás sean secundarias: todas cumplen un papel esencial y dependen unas de otras. La masificación no tendría sentido sin torneos que motiven a los nuevos jugadores; el rendimiento no podría consolidarse sin partidos; y las capacitaciones carecerían de impacto si no existiera un ecosistema activo donde aplicarlas. Solo cuando las cuatro trabajan en conjunto se logra un crecimiento integral y sostenible.

Nota. Elaboración propia (Amórtegui, 2025).
La masificación busca llevar el rugby a más personas y contextos, ampliando la base de jugadores, entrenadores y seguidores. Se logra al introducir el deporte en colegios, universidades y comunidades, organizar festivales recreativos y aprovechar los medios de comunicación para darle visibilidad.
El rendimiento se centra en formar jugadores y equipos de alto nivel con apoyo técnico, preparación física, nutrición y medicina deportiva. Su objetivo es desarrollar atletas capaces de representar a las regiones y al país, que además sirvan de referentes para inspirar a nuevas generaciones.
Las competencias son el verdadero motor del rugby. Un torneo sólido, con fechas claras y un formato estable, motiva a jugadores, entrenadores y árbitros a superarse constantemente. El nivel técnico no crece en el vacío: crece en la competencia. Si el calendario es serio y atractivo, los entrenamientos adquieren sentido, los clubes se organizan mejor y hasta los árbitros elevan su desempeño.
Por último, las capacitaciones aseguran que el sistema evolucione y se profesionalice. A través de cursos y certificaciones, se fortalece a quienes hacen posible el rugby más allá de los jugadores: entrenadores, árbitros, dirigentes y voluntarios.
De este modo, cada nivel de organización tiene un papel específico en estas áreas: los clubes atraen y forman, las ligas proyectan y estructuran, y la federación consolida y representa. Solo cuando todos cumplen su función de manera articulada se logra un crecimiento integral del rugby.
El crecimiento del rugby en Colombia no depende de esfuerzos aislados ni de soluciones rápidas, sino de una estructura sólida donde cada nivel asume su responsabilidad. Entre todas las áreas, la competencia sigue siendo el corazón del sistema: es el motor que da sentido al entrenamiento, sostiene las finanzas de los clubes y motiva tanto a jugadores como a entrenadores y árbitros a superarse. Sin un calendario serio y constante, los demás esfuerzos pierden fuerza; con él, se abre el camino para que el rugby crezca de manera sostenible.
El rugby florece cuando la responsabilidad es compartida y cuando cada eslabón entiende que su aporte es esencial para que el deporte inspire, una y perdure.
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