Uno cree que entrenar un equipo de rugby, se trata solamente del deporte en si. Con el tiempo entendí que realmente se trata de personas. Y creo que esa fue una de las lecciones más difíciles que me dejó volver a entrenar a Mokaná.
Mi historia como entrenador comenzó muchos años antes de llegar a Barranquilla. Entre 2015 y 2019 tuve la oportunidad de entrenar diferentes categorías en Carneros. Durante esos años también estuve involucrado en la parte administrativa del club, así que terminé aprendiendo que construir un equipo va mucho más allá de diseñar entrenamientos o preparar partidos. También hay que construir cultura, hábitos y relaciones, y eso casi siempre termina siendo más difícil que enseñar rugby.

A comienzos de 2020 me mudé a Barranquilla. Literalmente llegué un mes antes de que comenzara el aislamiento por la pandemia y apenas llegué empecé a entrenar a Mokaná. Realmente eso ya estaba hablado desde antes. Gustavo Rocha, “El Negro”, me había dicho que apenas llegara a la ciudad debía sumarme al proceso del equipo masculino.
Nosotros ya nos conocíamos desde mucho tiempo atrás. Habíamos jugado juntos entre 2007 y 2008, si no estoy mal. Después él volvió a Carneros como entrenador entre 2016 y 2017, justo en una etapa donde yo estaba como entrenador y administrador general del club. Por eso, cuando apareció la posibilidad de ayudar en Mokaná, sentí que tenía sentido hacerlo.
Aunque honestamente, esa primera etapa no fue fácil. Y no fue difícil por rugby. Fue difícil por las personas y por las diferencias culturales.
Yo llegué a Barranquilla con una manera muy distinta de entender el entrenamiento, la disciplina y la forma de liderar. El cachaco y el costeño son diferentes en cómo hablan, en cómo reciben las cosas y hasta en cómo entienden el compromiso. Yo venía de una cultura mucho más rígida y estructurada, más directa y fuerte en las formas. Y durante mucho tiempo creo que intenté entrenar a Mokaná como si todavía estuviera en Carneros. Eso inevitablemente generó choques.

Además, el costeño tiene algo muy marcado: el orgullo. Y cuando uno no entiende eso como entrenador, muchas veces termina comunicándose mal sin darse cuenta. Hoy lo veo con mucha más claridad que en ese momento. En ese entonces yo sentía que simplemente estaba exigiendo. Probablemente muchos jugadores sentían otra cosa.
Y justo cuando el proceso apenas comenzaba, llegó la pandemia y todo se detuvo. Como le pasó a muchísimos clubes, las canchas quedaron vacías, los entrenamientos desaparecieron y el rugby entró en pausa. Durante meses nadie sabía realmente cuándo íbamos a volver.
Después, cuando finalmente regresó la competencia, logramos construir algo importante. Ese primer Torneo Puerta de Oro después de pandemia todavía lo recuerdo muchísimo. Mokaná masculino terminó subcampeón. Perdimos la final 5 a 10 contra Kaamash el 18 de septiembre de 2021. Y aunque perder una final nunca se siente bien, recuerdo ese torneo con muchísimo cariño porque sentía que el equipo había recuperado algo que durante la pandemia parecía perdido. Había ilusión, energía y ganas de competir otra vez.
Después seguimos entrenando juntos durante varios meses más. Pasaron partidos, entrenamientos, discusiones, frustraciones y también muchos buenos momentos. Pero para 2022 empezaron a pasar muchas situaciones en mi vida personal. Y aunque en ese momento yo no lo entendía del todo, hoy sé que eso empezó a afectar directamente mi relación con el equipo.

Muchas veces llegaba emocionalmente cargado a entrenar, más impaciente, más reactivo y más duro en la manera de comunicarme. Probablemente yo sentía que simplemente estaba siendo exigente o intentando mantener estándares altos, pero desde afuera los jugadores estaban sintiendo otra cosa.
Tiempo después, creo que fue en 2024, tuve una conversación con Saúl Peña que todavía recuerdo mucho. Me dijo que sentía que yo había cambiado, que 2022 había sido un antes y un después, y que varias veces parecía que terminaba desquitándome con el equipo por situaciones personales durante los entrenamientos. También me dijo que me había vuelto poco tolerante con los errores, cuando antes los manejaba y corregía de una mejor manera.
Escuchar eso fue incómodo, porque nadie quiere pensar que está afectando negativamente a personas que aprecia. Pero con el tiempo entendí que probablemente tenían razón en varias cosas. Y creo que ahí empezó una etapa importante para mí, porque alejarme de Mokaná me obligó a mirar muchas situaciones con distancia y entender errores que en medio de la rutina uno no ve.
En agosto de 2022 tomé la decisión de dar un paso al costado como entrenador. Desde octubre de ese año hasta finales de 2023 volví al rol de jugador en Mokaná, aunque de manera intermitente. Aunque realmente nunca me alejé del todo del rugby ni de la enseñanza.
Desde el segundo semestre de 2022 he estado vinculado a la Universidad del Norte como entrenador de un curso introductorio de rugby. Son dos horas a la semana enseñándole rugby a personas que muchas veces nunca habían tocado un balón ovalado en su vida. Pero es distinto. No existe la presión de sostener un equipo competitivo durante toda una temporada. Ahí el objetivo es enseñar, que la gente aprenda, se divierta y tenga un primer contacto con el deporte.

Y honestamente, creo que ese espacio también me ayudó mucho. Me permitió volver a disfrutar la enseñanza desde un lugar mucho más tranquilo. Como jugador también volví a disfrutar momentos mucho más simples: entrenar, competir y compartir con el grupo sin sentir todo el peso de dirigir.
Pero hay algo extraño que pasa cuando uno estuvo tantos años entrenando. Nunca deja realmente de mirar el rugby desde esa perspectiva. Uno sigue analizando, pensando qué podría hacerse mejor y observando detalles.
Y quizá por eso, para finales de febrero de 2026, terminé teniendo una conversación que cambiaría nuevamente mi relación con Mokaná. Estaba hablando con Gonzalo Flórez y en algún momento le pregunté si el equipo necesitaba entrenador. Me dijo que sí, pero que primero tenía que hablar con Fredy Borelly y revisar la posibilidad de que yo volviera a asumir el rol.
Mientras esperaba la respuesta, también hablé con mi novia sobre la posibilidad de volver a entrenar. Y honestamente, eso también era importante para mí.
Porque entrenar un equipo exige tiempo. Mucho tiempo. No solamente las horas dentro de la cancha, sino también todo lo que pasa antes y después: planear entrenamientos, hablar con jugadores, organizar temas administrativos, revisar errores y preparar partidos.
Además, nosotros no tenemos horarios normales. Yo descanso miércoles y jueves. Ella sábados y domingos. Así que realmente nuestro tiempo de calidad casi siempre termina siendo después de las 5 de la tarde.

Por eso sentía que antes de tomar la decisión también necesitaba hablarlo con ella. Y recuerdo que cuando le conté, se emocionó muchísimo por mí. Me dijo inmediatamente que lo hiciera, que nos organizábamos.
Y creo que eso también me dio tranquilidad. Porque muchas veces uno habla del entrenador, del equipo o del club, pero pocas veces habla de las personas que desde afuera también ayudan a sostener todo eso.
A la semana, Gonzalo me confirmó que sí podía volver. Y así fue como regresé oficialmente a entrenar a Mokaná el martes 3 de marzo de 2026.
Y honestamente, ese regreso se sintió muy distinto al primero. No llegué pensando solamente en sistemas, disciplina o estructura. Llegué entendiendo mucho más a las personas y entendiendo algo que antes me costaba ver: liderar no es imponer.
Hoy, cerca de cumplir cuatro meses nuevamente entrenando a Mokaná… sigo aprendiendo. Porque algo que también entendí con el tiempo es que nunca termina realmente de aprender a liderar un grupo humano.
Además, el reto hoy también es distinto. Ya no pienso solamente en ganar partidos o salir campeón. Claro que competir importa y claro que todos queremos ganar. Pero cada vez pienso más en construir algo que pueda mantenerse en el tiempo: una estructura, hábitos, líderes y un equipo que no dependa solamente de una generación específica.

Porque al final creo que ese debería ser uno de los objetivos más importantes de cualquier club. No solamente formar buenos jugadores, sino también formar mejores personas. Y aunque suene grande decirlo, creo que el deporte sí puede ayudar a transformar vidas cuando se hace de manera correcta.
Además, esta vez también tengo algo que hace una diferencia enorme: no estoy intentando construir todo solo.
Hoy soy afortunado de contar con un staff de personas que facilita muchísimo el trabajo diario dentro del Club. César Ortiz, más conocido como Barranca, entrenando a los jugadores nuevos, Gonzalo apoyando como entrenador de line-out y scrum del Club, Oscar Gualdrón, entrenador de la division femenina, es con quien coordino los entrenamientos de los backs, que hacemos en conjunto las dos categorías, Tomás Correa nos ayuda desde su rol de asistente deportivo-administrativo y Mario Urrego nos acompaña como asesor externo.
Y creo que eso también me hizo entender algo importante: los equipos realmente empiezan a crecer cuando dejan de depender de una sola persona. Cuando existen procesos, estructura y varias personas empujando hacia el mismo lado.
Por eso hoy disfruto mucho más entrenar que hace algunos años. No porque sea más fácil. De hecho, probablemente ahora entiendo mucho más la dificultad que implica liderar un grupo humano. Pero justamente por eso también aprendí a valorar mucho más el proceso, las conversaciones después del entrenamiento, los jugadores nuevos que llegan con poco o nada de conocimiento y entrenamiento tras entrenamiento empiezan a crecer, los errores, las pequeñas mejoras que casi nadie ve. La construcción lenta de una cultura.
Y quizá eso era realmente lo que extrañaba cuando volví a entrenar. No solamente el rugby, sino la posibilidad de ayudar a construir algo más grande junto a otras personas.
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