
La idea de volver al Yucao surgió a finales de junio, mientras hablaba con mi novia sobre que ya se acercaba el momento de solicitar mis vacaciones. Estábamos pensando qué podíamos hacer durante esos días y se me ocurrió algo que hacía tiempo tenía ganas de repetir: bajar al Yucao.
Es uno de mis lugares favoritos.
La última vez que había estado allá había sido para el fin de año de 2023 y viviendo ahora en Barranquilla, regresar requiere un poco más de planeación. Primero teníamos que viajar hasta Bogotá, encontrarnos con mis padres y desde allí, continuar juntos hacia el refugio. Pero cuando uno realmente quiere volver a un lugar, las horas de viaje terminan siendo lo de menos.
Después de hablarlo con mi novia, llamé a mi papá para
contarle que quería que fuéramos al Yucao durante mis vacaciones. Fue ahí cuando me dijo que para el puente de agosto se realizaría el Desafío Familiar de Pesca y me propuso que participáramos. Mi plan inicial simplemente era volver al Yucao, el torneo apareció después y terminó siendo una muy buena coincidencia.
El 12 de agosto viajamos de Barranquilla a Bogotá y al día siguiente, seguimos camino con mis padres hasta el refugio. Nos quedaríamos hasta el martes 18, así que, más allá de los dos días de competencia, teníamos tiempo para disfrutar del lugar y compartir en familia.
Mi papá es socio desde diciembre de 1999, así que el Yucao ha estado presente en mi vida desde hace muchos años. No somos una familia de pescadores que salga cada ocho días ni mucho menos. Simplemente nos gusta pescar. Es una de esas actividades que hemos disfrutado juntos en diferentes momentos y que, con el paso de los años, habíamos dejado de hacer con tanta frecuencia.
De hecho, el último torneo en el que habíamos participado juntos como familia había sido el Concurso Nacional de Pesca realizado en Carreño en 2013.
Habían pasado 13 años.
El viernes 14 comenzamos a preparar todo. En la tarde fuimos al pueblo a comprar gasolina, bajamos el bote y por la noche, alistamos las cañas para el día siguiente.
Ahí también quedó claro cuánto tiempo llevaba yo sin pescar… hasta se me había olvidado cómo debía ir vestido. Mi mamá tuvo que sacarme un pantalón largo de mi papá para que pudiera ir mejor protegido. Y con mi novia fue todavía peor, porque yo había sido quien la había asesorado: lo único que atiné a decirle antes del viaje fue que llevara algo de manga larga, así que el primer día salió a pescar en shorts y camiseta. Parecía nuevo en el deporte y, además, estaba dando consejos. Por suerte, para el segundo día mi mamá ya había solucionado el problema y también le prestó un pantalón y una prenda de manga larga.
El sábado nuestro plan era salir con los Beltrán rumbo al Güira. Sin embargo, ellos no pudieron bajar el bote temprano y se nos fue haciendo tarde, así que cambiamos el recorrido y decidimos pescar Yucao arriba. En materia de pesca, nuestro primer día es bastante fácil de resumir: no pescamos nada.
Tuvimos algunos piques, pero ningún pez terminó enganchándose. Se comían la carnada y seguían su camino, así que básicamente pasamos buena parte del día alimentando peces. Esto terminó importando poco, mi novia aprendió a lanzar y después de varios intentos, terminó haciéndolo bastante bien. Llevábamos comida y bebida para pasar el día afuera, disfrutamos el río, el paisaje y, sobre todo, el hecho de estar juntos. Quizá eso es lo que más recuerdo de ese primer día. No cuánto pescamos, porque la respuesta es fácil, sino estar en el bote con mis papás y mi novia, sin mayores afanes, disfrutando del lugar al que siempre me gusta volver.
El domingo salimos temprano con la intención de intentar nuevamente llegar al Güira. Los Beltrán arrancaron adelante. Esta vez el problema no fue la hora.
Arriba de La Poyata, el motor comenzó a fallar y quedamos varados. Germán Gaviria, Papeto, nos auxilió y conseguimos volverlo a prender, pero unos minutos después se apagó nuevamente. Ahí entendimos que el Güira tendría que esperar para otra ocasión. Decidimos regresar, aunque el regreso terminó convirtiéndose en otra parte de la aventura. En algunos momentos usamos los remos y aprovechamos la corriente, después intentábamos prender nuevamente el motor, avanzábamos lo que pudiéramos y cuando se apagaba otra vez, tocaba esperar.
Así conseguimos llegar hasta La Poyata, donde tuvimos señal de celular y mi papá pudo llamar al mecánico. Según le explicó, una de las bombas estaba presentando problemas y cuando se calentaba, interrumpía el ingreso de gasolina. Encontramos entonces nuestra particular forma de volver al refugio: perear la gasolina, prender el motor, avanzar todo lo posible, esperar a que se apagara, dejarlo enfriar y comenzar otra vez. Y así, poco a poco, fuimos regresando.
En algunas de esas paradas aprovechábamos para pescar. Los peces, por supuesto, continuaron con la misma estrategia del día anterior: se comían la carnada y nosotros seguíamos sin sacar nada. Incluso conseguimos terminar el día con una caña menos. En una de las paradas no nos dimos cuenta que se enredó con una rama y cuando reaccionamos, ya había caído del bote desapareciendo en el río.
Dos días de torneo, ningún pescado y una caña menos.
Desde el punto de vista competitivo, nuestra participación no fue precisamente memorable. Pero ese fin de semana nunca terminó siendo realmente sobre eso.
El Desafío Familiar reunió a 35 equipos y 101 participantes. Durante dos días hubo familias recorriendo el río, compartiendo en los botes, pescando, conversando y acumulando historias que probablemente seguirán contando después. Nosotros regresamos sin ninguna pieza para pesar, pero con varias historias nuevas y después de volver a hacer algo que no hacíamos juntos en un torneo desde Carreño.
Cuando pienso en esos días, sin embargo, tampoco siento que lo más importante haya sido regresar a competir después de tantos años. Lo que realmente recuerdo es haber podido compartir nuevamente ese espacio con mi familia. Desde el jueves 13 hasta el martes 18 estuvimos juntos en uno de mis lugares favoritos. Pescamos, comimos, nos reímos de nuestra falta de resultados, peleamos con un motor, perdimos una caña y pude compartir con mi novia una experiencia y un lugar que han hecho parte de mi vida desde hace muchos años.
Con el tiempo uno comienza a entender que no siempre hacen falta grandes planes para construir buenos recuerdos. A veces basta con tener unos días libres, hacer un viaje largo, subir a un bote y pasar horas con las personas que uno quiere.
Los peces pueden aparecer o no.
Lo importante es seguir teniendo la oportunidad de compartir esos momentos en familia.
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