Antes de continuar, es importante aclarar que este texto forma parte de una secuencia de hechos relacionados con el Torneo Puerta de Oro 2026. Si aún no has leído el artículo anterior, «Lo que ocurrió después del 60 a 5«, te recomiendo hacerlo primero para comprender mejor el contexto de lo que sucedió y las situaciones que llevaron a este nuevo episodio.
Hace menos de una semana escribí sobre lo ocurrido después del 60 a 5. Escribí sobre responsabilidad, reglamentos y la importancia de asumir las consecuencias de las propias decisiones. Hoy me veo obligado a escribir nuevamente sobre el mismo club, esta vez no por una alineación indebida, sino por una decisión que considero aún más grave: la decisión de no presentarse a competir.
El partido por el tercer puesto del Torneo Puerta de Oro entre Mokaná y Kaamash simplemente no se jugó. El sábado 13 de junio de 2026, a las 7:45 p. m., Kaamash informó oficialmente a la Liga de Rugby del Atlántico que no se presentaría a disputar el encuentro programado para el día siguiente en el Estadio de Atletismo. En el mismo correo manifestó que asumiría las sanciones económicas derivadas del WO. Tras recibir la comunicación, la Liga informó a Mokaná que el partido no se disputaría y que el resultado sería resuelto por WO.
Y considero que esa decisión merece ser cuestionada. No porque Mokaná haya obtenido el tercer lugar, no porque exista una sanción reglamentaria ni porque se haya modificado una tabla de posiciones. La cuestiono porque representa una renuncia voluntaria a competir, y eso, en mi opinión, es contrario al espíritu mismo del deporte.
Hay algo que muchos no saben. Mokaná había enfrentado a Kaamash durante la fase regular del torneo y el resultado fue 51 a 14 a favor de Kaamash. Si alguien llegaba como favorito al partido por el tercer puesto, era Kaamash. Además, internamente, Mokaná apenas tenía 17 jugadores confirmados para disputar el encuentro. No era una situación ideal. No éramos favoritos. No teníamos la plantilla más amplia ni el antecedente deportivo más favorable. Y aun así íbamos a jugar.
Porque eso es lo que hacen los equipos cuando se comprometen con una competencia… Juegan cuando creen que pueden ganar y también juegan cuando creen que probablemente van a perder. El compromiso con un torneo no depende de las probabilidades de éxito. Depende de la palabra empeñada al momento de inscribirse.
Por eso considero que el error de Kaamash no fue deportivo. Fue institucional. Cuando un club decide que un partido ya no merece ser jugado, está enviando un mensaje preocupante. Está diciendo que algunos compromisos pueden abandonarse cuando dejan de ser atractivos, que algunas posiciones no merecen ser disputadas y que ciertas instancias de una competencia están por debajo de sus expectativas.
Y siendo honesto, la impresión que me deja todo esto es aún más preocupante. La impresión que me deja es la de un club que parece considerarse por encima de la competencia que disputa, por encima de los demás participantes y con la idea de que un tercer puesto es una posición indigna de ser disputada.
No puedo saber qué pasa por la cabeza de cada jugador o de cada dirigente, pero sí puedo observar los actos. Puedo observar publicaciones en redes sociales donde algunos jugadores se autodenominan “dioses”. Puedo observar ataques contra dirigentes de la Liga. Puedo observar descalificaciones hacia otros clubes. Y puedo observar la decisión de no presentarse a disputar un partido oficial. Cuando todas esas cosas se observan juntas, resulta difícil no concluir que existe una percepción de superioridad frente al resto de los participantes de la competencia.
Considero que esa es una de las actitudes más dañinas que puede desarrollar cualquier organización deportiva. Porque el deporte exige ambición, pero también exige humildad. Exige querer ganar, pero también exige respetar a quienes compiten contigo. Exige aspirar al primer lugar, pero también aceptar con dignidad cuando el resultado final es otro. Ningún club está por encima de una competencia, ningún club está por encima de sus rivales y ningún club debería considerarse demasiado importante para disputar un partido oficial.
El tercer puesto no era un premio de consolación. Era una posición oficial dentro del torneo, ea un partido programado, un compromiso adquirido y merecía ser respetado. Durante semanas los equipos organizaron entrenamientos, gestionaron permisos laborales, coordinaron desplazamientos y dedicaron tiempo a prepararse para competir. La Liga organizó escenarios, árbitros y logística. Todo eso para que, al final, uno de los equipos decidiera simplemente no jugar.
Y sí, sé que algunas personas dirán que solo era un partido por el tercer puesto. Precisamente ahí está el problema. El respeto por una competencia no se demuestra únicamente en las finales. Se demuestra también en los partidos que no queremos jugar, cuando las cosas no salen como esperábamos, cuando la frustración es grande y cuando el resultado final ya no coincide con nuestras expectativas iniciales.
Cualquiera puede presentarse cuando existe la posibilidad de levantar un trofeo. Lo difícil es presentarse cuando ya no existe esa posibilidad. Y justamente por eso considero que la decisión de no jugar es más grave que cualquier derrota que hubiera podido producirse dentro de la cancha.
Porque perder compitiendo siempre será una posibilidad legítima. Renunciar a competir es una decisión y las decisiones también hablan. A veces… incluso más que los resultados.
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